Hoy se cumplen seis años de la violenta represión desatada en el interior del hospital de Río Grande, ocurrida durante el gobierno del justicialista Carlos Manfredotti. El hecho sucedió durante una asamblea de trabajadores y despertó un masivo repudio de la población, gremios y organismos defensores de los Derechos Humanos las fuerzas policiales conducidas por el oficial Barbero y el ex gendarme Lindl, llevaran adelante un feroz ataque con gases y balas de goma contra manifestantes, dentro del Hospital Regional Río Grande. Aquel capítulo se cerró, sin que se haga justicia, pero la política de destrucción del hospital público sigue adelante, con funcionarios políticos como sus (más sutiles) ejecutores.

Algunos funcionarios de aquel gobierno habían prometido acabar con el Hospital Público "con todo lo que tiene adentro". Nadie pensó que la aplicación del plan de gobierno sería tan literal.
Lo cierto es que el plan opresivo de la gestión Manfredotti estaba en su pleno apogeo. Ya era un hecho consumado la ablación de gran parte de los salarios estatales, ya las leyes de Emergencia y de Retiro Voluntario habían jugado su rol, los gremios, por impotencia o por cooptación, habían enmudecido casi por unanimidad. Quedaban escasos focos de resistencia entre los trabajadores y a ellos estaba destinada toda la política represiva de fines del 2001, con una policía equipada para la guerra, con tanquetas hidrantes adquiridas a precio de oro en plena crisis económica, con brigadas de combate cuya impresionante y ridícula armadura de lienzo verde les valió el mote de "tortugas ninjas". Con funcionarios perfectamente concientizados de su papel de represores, al mejor estilo de la dictadura. Eran nombres de triste recuerdo hoy, algunos sumidos en la penumbra del ostracismo, otros pretendiendo aún, jugando con la mala memoria, exponerse a la consideración popular a través del voto, postulándose de vez en cuando como candidatos.
Bajo el mando del gobernador Manfredotti y su vice Gallo, los personeros de una política macabra eran una inefable pero sumisa subsecretaria de Salud de apellido Sahad, sus acólitos Rojido y Fotheringham, un improvisado pero cumplidor secretario de Seguridad Lindl, un juez insólitamente sostenido a pesar de todo en su cargo, de apellido Aragone, de fallos incomprensibles pero de conducta irreprochable a los ojos del poder político de entonces. Y un jefe de policía, apellidado Barbero, que hasta hace poco lo seguía siendo, por esos milagros de la política y esas concesiones de la mala memoria.
De todos ellos se necesitaba un aporte para perfeccionar el asalto a la dignidad, el atropello a las instituciones. Todos ellos se juntaron esa tarde en las instalaciones del Hospital de Río Grande para demostrar que al régimen manfredottista no había razones que lo pudieran detener. Con el aporte invalorable de algún periodista lacayo de la sinrazón, con algún gremialista que jugaba de espía, con legisladores y políticos de la oposición prolijamente guardados, con todos los ingredientes de una obra maestra del terror político, y el objetivo de "barrer el hospital público, con todo lo que haya adentro".
Ese 28 de diciembre había amanecido en medio de la tensión, las reuniones sucesivas aumentaban el fracaso, las señales que llegaban desde la policía indicaban que estaba todo listo para desatar la locura genocida, se habían trasladado tropas policiales, (más "tortugas ninjas" llegadas de Ushuaia) para asegurar "el éxito" del operativo. Al mediodía no quedaban dudas de que el régimen saldría a demostrar su decisión de no detenerse ante nada.
Cerca de las 3 de la tarde, un grupo de gremialistas descolgó y vació el contenido de varios matafuegos en cercanías de las oficinas de la dirección del hospital. Era el esbozo de violencia que la dictadura necesitaba para justificar su propia locura. A partir de entonces, las tortugas ninjas, cegadas por la sed de acción, no respetaron ni enfermos ni periodistas, ni siquiera la posibilidad de que estuvieran arremetiendo contra familiares de alguno de ellos, como efectivamente ocurrió.
El resto fueron salas de internado inundadas por los gases lacrimógenos, balas de goma, palos por doquier, destrucción de las instalaciones, la represión en su estado puro, salvaje.
El ex gendarme Lindl debió haberse sentido satisfecho, Barbero se percibía como el mejor soldado de la compañía, Aragone había autorizado la represión, seguro de que el poder político lo sabría premiar, Sahad saldría a medianoche huyendo en las sombras, con un batallón de policías protegiéndola de nada.

Nada ha cambiado


Pasaron días hasta que los heridos se recuperaron de los golpes y las balas de goma que sus cuerpos se llevaron puestos del lugar.
Pasaron semanas sin que llegara el repudio correspondiente desde la clase política y sin que se aplicaran las medidas correspondientes, atento a que se había cometido desde el gobierno una tropelía nunca antes vista en el país, la represión dentro de una institución sanitaria.
Pasaron meses durante los cuales los vidrios destrozados del frente del hospital seguían ofreciéndose como testimonio del terrorismo desatado desde aquel Estado deforme.
Pasaron seis años para comprobar que la política de destrucción del hospital público (disparador auténtico de aquella violencia) no era una ocurrencia aislada, sino parte de un plan cuidadosamente trazado desde el poder político y económico.
Hoy, los vidrios han sido reparados, pero las reivindicaciones siguen postergadas. Hoy, la represión continúa por otros carriles, menos violentos en lo fáctico pero no menos perversos ni menos dañinos en lo institucional.
La política de destrucción del hospital público parece seguir atacando permanentemente, como una bestia herida que no cede en su acometida.
El hospital público sigue siendo el objeto de operativos de descrédito, de ataques políticos permanentes, de vaciamiento, de reducción de la planta profesional. Los hospitales acusan en forma constante la falta de provisión de insumos, atentados contra la infraestructura instalada, falta de capacitación. La respuesta desde la política sigue siendo el descrédito del sistema público, la desidia en la gestión y el impulso de nuevos negocios a favor del sector privado de Salud.


Otro estilo


Quizás el golpe más grosero que se ha visto aplicar en ese sentido en los últimos días ha sido el rechazo descarado al ruego por la instalación de una terapia pediátrica en el mismo hospital de Río Grande. Que debe prestar servicios de extrema emergencia a criaturas en forma permanente, pero que aun así debió soportar que un increíble Ministro de Salud -impulsado por vaya a saber qué oscuras convicciones- afirmara que "no es necesaria" una terapia pediátrica para una comunidad de más de cuarenta mil niños. Afirmación espuria que, sin embargo, encuentra sospechosamente eco en personeros del interés privado, muchos enquistados en el propio hospital y algunos de los cuales, quizás, estarán hoy recordando con fingida repulsión el acto vandálico de las tropas manfredottistas.
El régimen de entonces lo hizo "por la vía rápida". El manfredatto creyó que con gases y balas podía silenciar la defensa del hospital público. Otros creen que hay caminos menos drásticos pero igual de efectivos. Hoy, la descalificación del sistema estatal sigue siendo la herramienta de los traficantes de la salud. Hoy, el ataque continúa, aunque por otras vías. Después de seis años, la represión no ha terminado, sólo se mimetiza, adquiere otra forma, la del discurso servil, la de la política del vaciamiento.


Publicar un comentario Blogger

  1. Eran diez ? idiotas que se creen "medicos de frontera en pakistan..." y son "medicos Fronterizos en rio grande " jajajajaj lo mejor? zafamos un rato del consultorio Jajajajajaj

    ResponderEliminar
  2. ¿Este es el editorial de Tiempo Fueguino, no? El vuelco que dio el pasquín!!! Se acuerdan cuando era gallista y manfredotista. Y ahora se hacen los anti represión. Por favor son unos truchos. Claro, si el pollo de Welsch ahora está en la secretaría de Derechos Humanos... estarán arreglando ya la pauta?

    ResponderEliminar
  3. a estos revoltosos y zurditos, realmente les faltó más palo.... los quisiera ver bajo un gobierno defacto, seguro que se hacen pis encima !! jajajaa

    ResponderEliminar
  4. Somos hijos del RIGOR , no sabemos vivir en democracia, quieren quemar la casa de gobierno, bienes del pueblo y del estado y se enojan si se los reprime. en Bs As. hubo represion , hace poco, y los heridos eran policias , uno estubo grave .Despues no quieren militares.

    ResponderEliminar
  5. De que se quejan estos torcidos humanos, si el que mandaba a las tortugas ninjas de la policía ahora fue nombrado jefe de la zona norte en Río Grande, el comisario García, el mismo que Papa presen´to con bombos y platillos con gran experiencia, sí experiencia de represión, a quien quieren engañar estos torcidos humanos.

    ResponderEliminar

Comentarios con insultos, repetidos, con mas de 500 caracteres, no serán publicados y los mismos son de exclusiva responsabilidad de quien los realiza y no representan, estos la opinión de Cronicas Fueguinas.

 
Top